Todos los susurros se entremezclan. Todos quieren llegar a mis oídos. ¿Y yo? Me siento confusa, no puedo oir con claridad, pensar con serenidad, razonar con lógica.
Todos quieren ser oídos. ¿Pero yo quiero oir todos? No, sólo unos pocos. El resto deberían esfumarse, pero no lo hacen, permanecen aquí.
Hay un surruro, uno en concreto que merece mi atención en este momento. No soy capaz de oir claras sus palabras. ¿Qué dices? No te oigo bien... ¡Callad el resto!
Me vuelve loca, me desespera. ¿Qué puedo hacer? Palabras amables no valen, todos desean mi atención, sin darse cuenta que para tenerla a veces hay que ceder a otros la palabra.
Lo siento susurro, no puedo ayudarte porque apenas puedo comprenderte. De verdad que lo siento.
Ya da igual. Estoy cansada, agotada del mismo sonido sin sentido que llega hasta mis oídos. ¡Callad!
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